domingo, 19 de julio de 2020

ARTÍCULO DE OPINIÓN.


CON LOS TACONES BIEN PUESTOS: IDEALES CONTRASTADOS DEL CINE VENEZOLANO. 

     ¿Cantidad vs calidad? El predominio del hombre en el cine, se observa mayormente en la cantidad de producciones que ha realizado y el número de directores o profesionales. La realización de cine acostumbraba a ser solo para hombres, pero el rol de las artistas femeninas ha aumentado significativamente en toda la variedad de profesiones que nacen del cine.
     Es un hecho que la discriminación de género es un concepto muy bien definido y que se presenta en varios aspectos de la vida de una mujer. En el contexto nacional, vemos como se presenta el debate acerca de la homogeneidad en el cine venezolano entre hombres y mujeres, especialmente en puestos que trasciendan lo actoral, como son los directores, productores, editores, entre otros. Ciertamente en nuestro país las ideas feministas e incluso las ideas sobre los roles de género, nunca han ganado una aceptación social masiva.
     La relevancia del hombre sobre la mujer en las décadas pasadas se manifestó haciendo que las mujeres solo ocuparan roles secundarios, es decir que, si se realizaban películas donde la protagonista era una mujer, su mayor talento recaía en su sensualidad y en los mejores casos, la mujer era asignada a un puesto que tenían que ver con la producción como: vestuarista o maquillista.  Lo cual era injusto porque no se le permitía demostrar mostrar todo su potencial en las distintas áreas.
     Incluso con estas trabas, actualmente hay al menos 30 mujeres en Venezuela dirigiendo o co-dirigiendo largometrajes. Entrada la década de los años 70, las mujeres cineastas se hacen notar en el ámbito nacional e internacional, con filmes en los que la temática era la realidad y el contexto local, con la que el público venezolano se sentía representado. Sin embargo, a pesar de sus números y éxitos, las películas dirigidas por mujeres cineastas venezolanas están generalmente ausentes en las discusiones sobre cine Latinoamericano y en los trabajos académicos. Y se suele dar preferencia a las obras con sello masculino por una especie de absurda tradición que, ya se ha comprobado, no es más que perjudicial para el sano ejercicio del cine.
     La presencia e influencia de las mujeres venezolanas en el cine se puede rastrear hasta el año 1952, cuando Margot Benacerraf estrena su película “Reverón”, documental que ilustra la vida del pintor y artista plástico venezolano Armando Reverón y posteriormente, “Araya” en 1957, una poética crónica de la vida en las minas de sal en el Oriente del país. Años después, en el medio de la reciente y atrevida atmósfera en la industria originada a partir de los éxitos de las películas de Román Chalbaud, César Bolívar, Alejandro Saderman y Pablo de la Barra en el marco del Nuevo Cine Venezolano, cineastas femeninas como Ana Arreaza, Fina Torres y Solveig Hoogesteijn encontrarían su voz y su estilo, siendo consideradas entre las mejores representantes del cine femenino en Venezuela, dejando su huella en las páginas de la historia del séptimo arte criollo.
     “Oriana” (1985) de Fina Torres es una adaptación de los cuentos de la escritora colombiana Marvel Moreno y se erige como un impecable trasvase del presente y el pasado. La cineasta presenta un cine de mujeres, donde la protagonista de la historia lucha por resistir un entorno patriarcal y machista, encarnado en la figura del dictador venezolano Juan Vicente Gómez. No es de extrañar que el filme ganara el premio Caméra d’Or en el Festival de Cine de Cannes de 1985.
     Solveig Hoogesteijn es uno de los pilares y protagonistas de la historia del cine nacional que destaca la perspectiva de las mujeres, silentes víctimas de abusos, maltratos e injustas condenas. Su obra más conocida es “Macu la mujer del policía” (1987), una de las películas venezolanas más aclamadas de la década de los 80 y uno de los mayores éxitos de taquilla en la historia de la cinematografía nacional, erigiéndose en uno de los clásicos del cine patrio comparable a películas como “El pez que fuma” (1977) o “Cangrejo” (1982), ambas de Román Chalbaud. De hecho, hasta el año 2013 se mantuvo como la segunda película de mayor recaudación en la historia de la taquilla venezolana, una cuestión que habla muy bien del poderío de la mujer y cómo esta se puede ganar por méritos propios, reconocimientos que no solo pertenecen al hombre.
     Las producciones anteriores son obras precursoras de la mirada femenina y de la presencia de la lógica feminista en la trama argumental tanto en el cine nacional como en el cine Latinoamericano, sumamente relevantes desde el punto de vista histórico y sociológicos de las historias que relata. Estos son conceptos que brillaron por su luz propia y no pudieron ser opacados por obras de directores masculinos.
     Debemos considerar que esto se debe a la manera única e integral de pensar que tiene una mujer, donde se toman temas importantes y relevantes que los hombres no tocan como es la sensibilidad y la femineidad de las coyunturas de la sociedad venezolana, pero no debemos creer que se debe a un sesgo del hombre y a una súper visión de la mujer, esto se debe más bien a la falta de costumbre del hombre venezolano a la visión de la mujer y al momento histórico de la misma en el mundo, en el cual se estaba produciendo una irrupción del género femenino y a la cual los hombres sentían recelo.
     En el nuevo milenio tenemos cineastas como Mariana Rondón con “Postales de Leningrado” (2007), Alejandra Szpelaki con su “Dia de Naranja” (2009), Andrea Ríos, Anabel Rodríguez, Andrea Herrera y muchas otras como miembros de una nueva ola de directoras herederas de un rico legado cultural e histórico, que apuestan por dirigir sus miradas a temas más íntimos de sus personajes femeninos. Mariana Rondón específicamente ha sido considerada una autora cinematográfica predilecta en los festivales del circuito internacional, especialmente después del éxito de su película “Pelo Malo” (2014), ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián.
     Todas estas creadoras son “puntos” femeninos independientes en el mapa del cine venezolano que está tan densamente lleno con los nombres de cineastas masculinos y que no es distinto a la situación mundial del cine. Las razones detrás de esto son variadas, pero dos en específico son bastante obvias: la falta de cultura (tradición) y la falta de condiciones favorables para el cine venezolano que se ha visto fuertemente golpeado por la distinta crisis del país, donde hasta el 2010, se realizaban un promedio de entre 5 a 10 producciones visuales y de la cual ahora se ve francamente mermada. Esto afectará negativamente a la mujer en puestos de relevancias como es la dirección y la producción, pero que no lo hace imposible para las venezolanas en el exterior.
     Venezuela siempre será un país que acepta los cambios y se adapta, por lo tanto, debemos entender que, aunque las situaciones no son las mejores, las mujeres cineastas tienen aptitudes de sobra para sacar adelante nuestro cine y su calidad nunca estará a menor altura que la del hombre.

Yuneidy Reyes.