CON LOS TACONES BIEN PUESTOS: IDEALES CONTRASTADOS DEL CINE VENEZOLANO.
¿Cantidad vs calidad? El predominio del
hombre en el cine, se observa mayormente en la cantidad de producciones que ha
realizado y el número de directores o profesionales. La realización de cine
acostumbraba a ser solo para hombres, pero el rol de las artistas femeninas ha
aumentado significativamente en toda la variedad de profesiones que nacen del
cine.
Es un hecho que la discriminación de
género es un concepto muy bien definido y que se presenta en varios aspectos de
la vida de una mujer. En el contexto nacional, vemos como se presenta el debate
acerca de la homogeneidad en el cine venezolano entre hombres y mujeres,
especialmente en puestos que trasciendan lo actoral, como son los directores,
productores, editores, entre otros. Ciertamente en nuestro país las ideas
feministas e incluso las ideas sobre los roles de género, nunca han ganado una
aceptación social masiva.
La relevancia del hombre sobre la mujer en
las décadas pasadas se manifestó haciendo que las mujeres solo ocuparan roles
secundarios, es decir que, si se realizaban películas donde la protagonista era
una mujer, su mayor talento recaía en su sensualidad y en los mejores casos, la
mujer era asignada a un puesto que tenían que ver con la producción como:
vestuarista o maquillista. Lo cual era
injusto porque no se le permitía demostrar mostrar todo su potencial en las
distintas áreas.
Incluso con estas trabas, actualmente hay
al menos 30 mujeres en Venezuela dirigiendo o co-dirigiendo largometrajes.
Entrada la década de los años 70, las mujeres cineastas se hacen notar en el
ámbito nacional e internacional, con filmes en los que la temática era la
realidad y el contexto local, con la que el público venezolano se sentía
representado. Sin embargo, a pesar de sus números y éxitos, las películas
dirigidas por mujeres cineastas venezolanas están generalmente ausentes en las
discusiones sobre cine Latinoamericano y en los trabajos académicos. Y se suele
dar preferencia a las obras con sello masculino por una especie de absurda
tradición que, ya se ha comprobado, no es más que perjudicial para el sano
ejercicio del cine.
La presencia e influencia de las mujeres
venezolanas en el cine se puede rastrear hasta el año 1952, cuando Margot Benacerraf
estrena su película “Reverón”, documental que ilustra la vida del pintor y
artista plástico venezolano Armando Reverón y posteriormente, “Araya” en 1957,
una poética crónica de la vida en las minas de sal en el Oriente del país. Años
después, en el medio de la reciente y atrevida atmósfera en la industria
originada a partir de los éxitos de las películas de Román Chalbaud, César
Bolívar, Alejandro Saderman y Pablo de la Barra en el marco del Nuevo Cine
Venezolano, cineastas femeninas como Ana Arreaza, Fina Torres y Solveig
Hoogesteijn encontrarían su voz y su estilo, siendo consideradas entre las
mejores representantes del cine femenino en Venezuela, dejando su huella en las
páginas de la historia del séptimo arte criollo.
“Oriana” (1985) de Fina Torres es una
adaptación de los cuentos de la escritora colombiana Marvel Moreno y se erige
como un impecable trasvase del presente y el pasado. La cineasta presenta un
cine de mujeres, donde la protagonista de la historia lucha por resistir un
entorno patriarcal y machista, encarnado en la figura del dictador venezolano
Juan Vicente Gómez. No es de extrañar que el filme ganara el premio Caméra d’Or
en el Festival de Cine de Cannes de 1985.
Solveig Hoogesteijn es uno de los pilares
y protagonistas de la historia del cine nacional que destaca la perspectiva de
las mujeres, silentes víctimas de abusos, maltratos e injustas condenas. Su
obra más conocida es “Macu la mujer del policía” (1987), una de las películas
venezolanas más aclamadas de la década de los 80 y uno de los mayores éxitos de
taquilla en la historia de la cinematografía nacional, erigiéndose en uno de
los clásicos del cine patrio comparable a películas como “El pez que fuma”
(1977) o “Cangrejo” (1982), ambas de Román Chalbaud. De hecho, hasta el año
2013 se mantuvo como la segunda película de mayor recaudación en la historia de
la taquilla venezolana, una cuestión que habla muy bien del poderío de la mujer
y cómo esta se puede ganar por méritos propios, reconocimientos que no solo
pertenecen al hombre.
Las producciones anteriores son obras
precursoras de la mirada femenina y de la presencia de la lógica feminista en
la trama argumental tanto en el cine nacional como en el cine Latinoamericano,
sumamente relevantes desde el punto de vista histórico y sociológicos de las
historias que relata. Estos son conceptos que brillaron por su luz propia y no
pudieron ser opacados por obras de directores masculinos.
Debemos considerar que esto se debe a la
manera única e integral de pensar que tiene una mujer, donde se toman temas
importantes y relevantes que los hombres no tocan como es la sensibilidad y la
femineidad de las coyunturas de la sociedad venezolana, pero no debemos creer
que se debe a un sesgo del hombre y a una súper visión de la mujer, esto se
debe más bien a la falta de costumbre del hombre venezolano a la visión de la
mujer y al momento histórico de la misma en el mundo, en el cual se estaba
produciendo una irrupción del género femenino y a la cual los hombres sentían
recelo.
En el nuevo milenio tenemos cineastas como
Mariana Rondón con “Postales de Leningrado” (2007), Alejandra Szpelaki con su
“Dia de Naranja” (2009), Andrea Ríos, Anabel Rodríguez, Andrea Herrera y muchas
otras como miembros de una nueva ola de directoras herederas de un rico legado
cultural e histórico, que apuestan por dirigir sus miradas a temas más íntimos
de sus personajes femeninos. Mariana Rondón específicamente ha sido considerada
una autora cinematográfica predilecta en los festivales del circuito internacional,
especialmente después del éxito de su película “Pelo Malo” (2014), ganadora de
la Concha de Oro del Festival de San Sebastián.
Todas estas creadoras son “puntos”
femeninos independientes en el mapa del cine venezolano que está tan densamente
lleno con los nombres de cineastas masculinos y que no es distinto a la
situación mundial del cine. Las razones detrás de esto son variadas, pero dos
en específico son bastante obvias: la falta de cultura (tradición) y la falta
de condiciones favorables para el cine venezolano que se ha visto fuertemente
golpeado por la distinta crisis del país, donde hasta el 2010, se realizaban un
promedio de entre 5 a 10 producciones visuales y de la cual ahora se ve
francamente mermada. Esto afectará negativamente a la mujer en puestos de
relevancias como es la dirección y la producción, pero que no lo hace imposible
para las venezolanas en el exterior.
Venezuela siempre será un país que acepta
los cambios y se adapta, por lo tanto, debemos entender que, aunque las situaciones
no son las mejores, las mujeres cineastas tienen aptitudes de sobra para sacar
adelante nuestro cine y su calidad nunca estará a menor altura que la del
hombre.
Yuneidy Reyes.

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